OMAR ANGEL CHÁVEZ. TALLER DE INVESTIGACIÓN II. ENSAYO SOBRE FILOSOFÍA DEL LENGUAJE.
Desde la Grecia antigua, las generaciones han intentado dar respuestas “filosóficas” a problemas como el bien, Dios, lo bello, etcétera. Sin duda alguna, es sorprendente la cantidad. La pregunta evidente es, después de todo, ¿quién ha articulado la verdad? Es desconcertante que estén presentes actitudes y contenidos tan disímbolos para rellenar estos conceptos. Pero, cuanto más me asombra, tanto más me hiela.
La respuesta que busqué en Ludwig Wittgenstein (específicamente en el Tractatus Logico-Philosophicus) es la que el austríaco da ante estos problemas ¿no significa que no existe conocimiento (verdadero) en esas respuestas?, le pregunto. Él contesta que, de hecho, no tienen sentido tales palabras que se han dicho sobre esos problemas, y si no tiene sentido no es posible asignarle un valor de verdad o falsedad[1]. Veamos…
El Tractatus está dividido en secciones que parten de un supuesto –como todo escrito. Primero, está la descripción de la composición del mundo, luego una sección epistemológica, que adquiere fuerza en la sección lógica ulterior y, finalmente, desemboca en una teoría de la ciencia (que es también una teoría, obviamente, de lo que no es conocimiento). Esta división del libro no es casual, creo que responde a un supuesto: que el lenguaje habla del mundo. Es un supuesto que descansa tanto en una armonía racionalista del mundo, como en la afirmación de que el lenguaje habla del mundo (si no, ¿de qué?).
Es, entonces, la primera tarea analizar cómo es el mundo. El mundo, lo que es el caso, la totalidad de los hechos, o estados de cosas que se dan efectivamente, se puede descomponer en elementos cada vez más simples. El elemento atómico –por decirlo así- es el objeto. El objeto es la parte del mundo que no cambia, que es fija y persistente, y constituye así la sustancia del mundo. Pero es fijo porque el objeto tiene formas (espacio, color, tiempo, etcétera), y muta porque esas formas tienen contenido, deviniendo cosas. (Obviamente, no se mete en la clásica pregunta: ¿quién decido qué contenido darle a cada cosa?...) Así, pues, las cosas, interrelacionados unas con otras nos dan como resultado estados de cosas, que representan el segundo escalón de complejidad del mundo. Y, de estos estados de cosas que se pueden pensar, o decir, hay algunos que se dan y otros que no.
Una vez descrito lo anterior, surge una pregunta fundamental: ¿de qué manera se interrelacionan las cosas en el mundo, para formar los estados de cosas que se dan efectivamente (hechos)? La respuesta es: lógicamente. Este es el punto clave de la epistemología de Wittgenstein: la isomorfía lógica entre mundo y lenguaje. Ambos responden al armazón lógico. “Se dijo en otro tiempo que Dios podría crearlo todo a excepción de cuanto fuera contrario a las leyes lógicas. De un mundo “ilógico” no podríamos, en rigor, decir qué aspecto tendría.”[2] Y, así como éste se puede descomponer en elementos atómicos, el lenguaje, respondiendo la exigencia lógica, también puede ser desocmpuesto.
El hecho de que la composición del mundo sea análoga a la del lenguaje –en el mundo hay objetos, a los que corresponden nombres en el lenguaje; en el primero estados de cosas simples, en el segundo proposiciones simples; estados de cosas que surgen de estados de cosas, proposiciones complejas- permite la figuración (seno del conocimiento). Y, ahora, ¡es claro a dónde vamos! Conocer no significa más que esclarecer el lenguaje: cuidar que los elementos de las proposiciones correspondan a los de la realidad, y que se interrelacionen adecuadamente en función de ésta. No hay pierde, como se dice coloquialmente.
Es momento de introducir un concepto que cierra el tema de la epistemología: el pensamiento. A pesar de todas las distancias ontológicas –menciono sólo las ontológicas porque son las que tienen que ver ahora, específicamente- en las que descansan, me parece que hay un punto general común a Plotino –según la interpretación de Jesús Igal- y a Wittgenstein (además de su misticismo): el pensamiento se puede expresar en el lenguaje porque, todavía, obedece a formas lógicas[3]. Para Wittgenstein, las proposiciones –el lenguaje- son expresiones senso-perceptivas del pensamiento; signos (escritos, fonéticos, etcétera) que se interrelacionan de tal manera que proyectan un sentido, o un estado de cosas (porque todo lo pensable es un estado de cosas, por lo anteriormente dicho) posible.
Ya entramos en lo que me parece a mí, el meollo del Tractatus. El esencial, y más asombroso, punto de la filosofía del lenguaje de Wittgenstein, a mi parecer, es el recientemente mencionado concepto de ‘sentido’. Este es una característica esencial de una proposición, la de representar un estado de cosas posible –posible porque no es posible pensar nada ilógicamente o contrario a las leyes del mundo (concibiéndolas como leyes lógicas). En suma, las proposiciones que representen la realidad serán nombradas proposiciones con sentido, y sólo estas son susceptibles de ser verdaderas o falsas[4].
De esta sentencia se siguen que el campo de las proposiciones con sentido es el de las ciencias naturales, y se excluyen disciplinas como la ética, la estética, así como todas aquéllas cuyo “conocimiento” no pueda ser concebido dentro del análisis lógico, esto es, lo místico. Este último, para Wittgenstein, es la raíz de las concepciones del bien, de lo bello, de Dios, etcétera. Aquello que no se puede describir lógicamente por no estar en el mundo, sino fuera (el sentido de la vida por ejemplo, no se puede ver sino viendo la vida desde fuera…). ¿Qué quiere decir esto? Que todo cuanto se pueda decir de las cosas que suceden en el mundo, es el cómo sucedieron, no el por qué; todo es casual.
Y, entonces, ¿qué sí puede hacer la filosofía?, pregunta el pálido filósofo tradicionalista, temeroso. Wittgenstein responde, desesperado, alterado –como genialmente se representa en el video “Wittgenstein: Philosophical discussion in Cambridge - Part 1”[5], cuando Russel le reclama que trivializa la filosofía-, que no puede ser un conjunto de doctrinas, por no figurar verdad alguna –por ejemplo, Dios no representa nada de lo que pueda ser verificable. Lo que debe hacer la filosofía es esclarecer el lenguaje científico, cuidarlo, protegerlo, definir la intensión de una proposición –de la que hablaba Atzimba- de tal manera que corresponda a la realidad, cuidar que de aquello que sí se puede hablar se hable con sentido.
Si alguien se dejó tocar un poco por Wittgenstein –pensando en que mi ensayo sea fiel a las ideas del filósofo-, no puede seguir pensando igual. A mí me sucedió. Sobre todo, porque yo estaba buscando en él una solución a todas esas “pajas metafísicas” –utilizando el lenguaje del profesor Eduardo Muñoz Flores- que la tradición se ha venido haciendo muchas veces. “¡Qué asco! Estos güeyes dicen puras jaladas”, decía yo (con la mayoría de los presocráticos, la mayoría de las ideas Platón, a Plotino no tengo ni qué mencionarlo, incluso a veces los estoicos; en fin, en la mayoría de mi estancia en la facultad). Y, aunque no estaba yo en una posición tan radical como la de Wittgenstein –y para poder decir que lo estoy necesito muchísimo más tiempo-, se aparece este tipo a derrumbar el edificio filosófico, y, por lo tanto, también, a decirme muchas cosas a mí. Es por eso que (en función de la lectura de Wittgenstein, y porque no deberíamos fragmentar nuestro pensamiento en un ensayo por aquí, otro por allá, otro encerrado en el clóset, etcétera.) si en mi ensayo “El no origen de la religión” el propósito fundamental era quitar de la cabeza de la gente el anhelo de encontrar valores éticos absolutos en la religión, ahora corrijo; tal vez Wittgenstein me diría: “La religión, como la ética (que se identifica con la estética[6]), son excrecencias de la experiencia mística. Y, si las experiencias místicas no proveen de valores definitivos, dado que no hay logos allí –en caso de que quisiera utilizar mis palabras-, finalmente, es lo único que tenemos[7].”
Por supuesto, Wittgenstein no niega que exista lo indecible, lo inefable…lo místico. Lo que dice es que de eso, precisamente, no se puede hablar con sentido. Lo indecible carece de sentido. Y, frente a Deleuze que le podría decir a Wittgenstein que se pueden decir mil cosas, Wittgenstein añadiría que tal vez, pero por el hecho de que ninguna tiene sentido, ninguna es susceptible de ser verdadera o falsa, y ninguna de ellas provee de un conocimiento cristalino. Aquí, es el punto en el que me gustaría añadirle algo a la palabra de Wittgenstein: todas las personas que tienen tantas ganas de hablar sobre esos problemas de los que no se puede con sentido, tal vez deberían intentar hacer poesía, no filosofía[8]. De los versos no se puede decir que son falsos, o verdaderos; al poeta no se les puede reclamar una falacia, una mentira; incluso, entre más mentiras en el arte mejor, como dice Sabina. Tal vez sería una mejor opción buscar la respuesta de Dios en un poema, que en una proposición con un sentido.
Después del éxtasis y la controversia que produce lo dicho, es necesaria una vida para pensar. No se puede hacer filosofía, me parece, sin voltear a ver a Wittgenstein; no se le puede dar la espalda a la patada baja que le dio a la filosofía. Lo importante, para mí, de entrada, de esta solución de todos los problemas (como él mismo afirma que es el Tractatus) es que si bien no estás de acuerdo con él, exige preguntarse por la función de la filosofía. La filosofía se legitima en su fundamento. El problema es que al preguntarse por lo que es, no se está haciendo filosofía, en el sentido Wittgensteiniano (lo admite y por eso el carácter necesario y absurdo que le adjudica al Tractatus). De nuevo la mosca en el frasco, que ve lo que hay afuera pero no puede ir, y se estampa en el cristal transparente.
[1] “Sólo en la medida en que es una figura de la realidad, puede la proposición ser verdadera o falsa.” (4.06)
[2] Ludwig Wittgenstein, Tractatus logico-philosophicus, Madrid, 2009, parágrafo 3.031.
[3] Jesús Igal, Introducción general, Enéadas, Gredos, Madrid 2002. Introducción, Capítulo VIII, párrafos 69 y 70. En esta sección, se afirma que la intelección del alma se debe, no a la presencia de las formas en el alma, sino de “los Logoi derivados de aquéllas a modo de improntas”. El pensamiento, es, pues, desarrollo de ésta intelección, después está lo que está más allá del pensamiento, la comunión mística.
[4] La teoría de Wittgenstein es verificacionista en cuanto a las proposiciones simples, la verdad o falsedad de las proposiciones complejas se resuelve en tablas de verdad. Esto es notable a partir del parágrafo 4.2 y 4.442.
[5] http://www.youtube.com/watch?v=r0cN_bpLrxk
[6] “Está claro que la ética no resulta expresable. La ética es trascendental. (Ética y estética son una y la misma cosa.)” (4.421)
[7] 6.52, 6.521, 6.522. En éstas proposiciones se alude al hecho de que éstos “problemas” sólo están en el campo de lo místico. Por eso la filosofía es “mostrarle a la mosca la salida del frasco”.
[8] No se menosprecia la poesía en sí misma, sólo se juzga que haría las veces de otra función, no compatible con la filosofía.
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Te quedó bien divertido jaja
ResponderEliminarLas preguntas te las hago luego (:
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminarOigan. Hice unas correcciones al trabajo que había subido. Unas sintácticas, otras de contenido, pero, en esencia, sigue siendo lo mismo.
ResponderEliminarOMAR
Que hongo Omar: el aspecto que más llama mi atención en tu trabajo es el hecho de la cuestión que haces al autor, evidentemente tal pregunta, y su consecuente respuesta, me supone un dialogo sotenido entre Omar y el autor: volcando tu trabajo más intimo. Pero com menciono el maestro kitty, una intimidad hacia la generalidad de un publico.
ResponderEliminarMariano