“El lenguaje es la sangre del alma en el cual los pensamientos funcionan y de cual crecen.”
-Oliver Wendell Holmes
A la raíz de la palabra misma encontramos una vía por la cuál aprehender un lívido esbozo del concepto de lenguaje: lengua, reflejando su carácter oral comunicativo. La comunicación, sin embargo, no se limita a la expresión verbal, sino que abarca una serie de símbolos, sonidos y sistemas variados con el propósito de decodificar y asir información para su raciocinio.
El lenguaje es también un método para organizar la experiencia y un conato por archivarla, recolectando memorias y contactos sensibles en tanto que nuestra mente los derrama día a día. Generamos lenguaje escrito, tal vez en la búsqueda inconsciente de su permanencia indefinida.
Es necesario mencionar que resueltamente es un pilar del tejido social, y una característica clave en la definición de nuestra destructiva especie. La naturaleza creativa e intuitiva del lenguaje provee de versatilidad a la transmisión de preciado conocimiento. El lenguaje, sin embargo, no transita sin cambios las aguas de la razón. Los individuos no percibimos los sonidos de igual manera y no adoptamos literalmente estructuras gramaticales, ni tampoco lo hacemos puramente transportándolas por analogía. El accidente de la acentuación verbal, la entonación y otros factores son ligeras variaciones que se generan a través del salto generacional y le proveen al lenguaje de una adaptabilidad temporal, y lo transforman en una ventana al tiempo de su recreación. Y no digo recreación por azar, sino porque es un constante flujo de interpretación y reinterpretación intersubjetiva.
La importancia del lenguaje para la prevalencia de la humanidad es decididamente crucial. No es coincidencia que, entre las especies animales, los seres humanos seamos una de las más vulnerables poco después del nacimiento. En contraste a la mayoría de las estructuras biológicas similares, como los primates, el ser humano no nace con la capacidad de caminar o de defenderse a un nivel equiparable, y en comparación a otras especies, toma un periodo extenso para lograr un estado de independencia física. Sin embargo, justificamos nuestra ineptitud física y esta aparente debilidad ante los desgarradores elementos del exterior salvaje e indomado con un elemento de ansiado equilibrio. El desarrollo de el lenguaje se puede suponer a manera de un impulso reconciliador que acompaña el rasgo primordial de supervivencia humana: su capacidad para relacionarse y religar a sus congéneres para asegurar su papel como entidad cósmica. Nuestra naturaleza social es el punto de origen de su avasallador éxito, y de manera práctica, nuestra raison d'être.
Con lo anterior, podemos enunciar que el lenguaje es una búsqueda de comunión interpersonal, el trascender las barreras de la pura existencia corpórea y atrevernos precisamente a enunciar, utilizando un sistema no del todo apto para compartir el espectro total de la percepción y la razón. La tragedia y magnificencia del lenguaje radica en su interpretación, pues la misma característica a través de la cual se distorsiona el significado que intentamos transmitir a través de símbolos, es la que le provee de una carácter alterable y perfeccionable, es lo que le convierte efectivamente en comunión. Lo más cercano que tenemos a la inmortalidad es el lenguaje.
Es una herramienta, que ya enraizada en el comportamiento social es utilizada para más que llana comunicación y en su lugar desborda dominación, poder, loa, misticismo y poesía. Se infunde fuego en el corazón de los que se muestren receptivos a nuestro lenguaje, teniendo por supuesto que tienen la herramienta para compartirlo ellos mismos, desafiando nuestra condición, apostando por trascendencia de manera prometeica en una batalla que de por sí huele a muerte.
Pero a la raíz del lenguaje hallamos la experiencia primigenia ante la dimensión del cosmos, en él damos un primer contacto racional con nuestro entorno, incluso aunque no tengamos otro sujeto con el cuál directamente compartir nuestra experiencia. Buscamos aprehender del infinito y redibujarlo en símbolos tan frágiles como la civilización, reinterpretamos el caos para intentar al menos comprenderlo, al menos para no encontrarnos en total disociación con la naturaleza, y no encontrarnos simplemente perplejos ante el asombro de lo inexpresable.
De qué otra manera podremos, en tanto que animales racionales, lidiar con la visión y la dimensión que nos provee la Inteligencia del cosmos, sino a través del lenguaje. Buscamos orden del caos, arrancando y escarbando el lodo en busca de raíces que posiblemente no son sino producto de nuestra imaginación. Sin destino o un orden predeterminado, de carácter ‘divino’, queda la razón y la probabilidad lógica, la creencia razonable. Buscamos dar determinación definitiva a la realidad, que en su totalidad no podemos percibir, pero el lenguaje es nuestra única antorcha ante lo inexorable.
Y quizá jamás podremos, auténticamente, compartir experiencias a través del lenguaje, es imposible negarlo, pues negar el lenguaje es yacer en el abismo, es negar a nosotros mismos.

Paul, me parece extremadamente maravilloso como tu discurso fluye a partir de unas cuantas letras referenciales. Me ha agradado bastante tu trabajo.
ResponderEliminarMariano.
Me gustó mucho tu ensayo Paul (:
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